Poeta
Álvaro
Alves
de Faria

Canal do poeta

MAR PORTUGUÊS

SOBRE LOS MISTERIOS DE LA CREACIÓN LITERARIA

CINCO POEMAS DEL BRASILEÑO ÁLVARO ALVES DE FARIA, TRADUCIDOS POR A. P. ALENCART

Por Crear en Salamanca

Álvaro Alves de Faria leyendo sus versos en el Teatro Liceo de Salamanca (Foto de Jacqueline Alencar)

Crear en salamanca tiene el privilegio de publicar cinco textos  que A. P. Alencart ha traducido del notable poeta brasileño Álvaro Alves de Faria  (São Paulo, 1942), una de las voces esenciales de su país, donde acaba de recibir dos importantes reconocimientos al conjunto de su obra: “Premio de Poesía y Liberdad Alceu Amoroso Lima” (Río de Janeiro, 2018) y “Premio Guilherme de Almeida de Poesía” (São Paulo, 2019). El poeta es autor de más de 50 libros en Brasil, especialmente en poesía. También es autor de obras de teatro. Otros 19 libros los ha publicado en Portugal, además de los 7 aparecidos en España. Alves de Faria se considera un militante de la poesía desde los tiempos de El sermón del Viaducto, en los años 60, cuando realizó 9 recitales en el Viaducto do Chá, en São Paulo, con micrófono y cuatro altoparlantes. Por este motivo fue detenido cinco veces por la Policía.  El Sermón del Viaducto acabó siendo prohibido. Hacia finales de los 70 la censura también prohibió su libro  4 Cantos de Pavor y Algunos Poemas Desesperados.  En los años 80 su obra de teatro Sálvese quien pueda que el jardín se está incendiando, que recibiera el Premio Anchieta de Teatro, en su momento uno de los más importantes de Brasil, también fue prohibida de llevar a escena durante ocho años. En 1969 el poeta estuvo preso durante 11 meses como subversivo y por dibujar los carteles del entonces Partido Socialista Brasileño. Tres años después recibió un disparo en el oído, cuya bala todavía está alojada en su cabeza, como herencia de la dictadura militar brasileña.

 Los poemas forman parte del libro  “Este gosto de sal – mar português”, editado en 2010 por la editorial Temas Originais, de Coimbra.

2

 Frente de ese tiempo que se reinventa,

 el paso de las horas que no se acaban,

 la gaviota

 la gaviota

 la gaviota

 que abre las planicies que dormitan en el aire;

 ese gusto de sal del mar delante de ese tiempo

 ya que todo está olvidado en esa memoria,

 cosas que, inmóviles, mueren para siempre;

 ese terror de callarse por dentro

 cuando el grito corta la boca.

Alves de Faria grabando sus poemas en Salamanca

14

 No se silencie el pájaro

 en toda la mañana

 de su invierno,

 cuando llueven las palabras mojadas,

 el último océano que se evapora:

 habla el agua en sus sentidos

 y la poesía intenta sobrevivir,

 pero ya es tarde.

 

 Las aguas cambian y no transforman al hombre

 ni la sílaba del silencio que corta como un cuchillo,

 nube densa que en el espacio de la casa sofoca el gesto

 como si fuese una agonía de sentir.

 

Nos se hable de nuestros ancestros olvidados,

 aquellos que se guardan en los momentos que no se alcanzan,

 tiempos áridos en el canto de la boca,

 el labio que se hiere en un furioso beso,

 la palabra que no se pronuncia,

 las caras que se mueven al margen de su culpa.

 

Pero todo se olvida mientras todo se olvida

 y no pasa el tiempo en vano en los vacíos de lo que desaparece,

 lo ausente

 como si en sí mismo se ausentase

 lo que en esa luz se oscurece

 lo que se venga extrañamente arrancándose por dentro,

 como si fuese una vasija que se rompe al viento

 y se deshace en la propia arcilla de la que fue hecha.

 

 La soledad de estos días corta con la cuchilla de su tiempo,

 como si aventara la última hoja de un árbol,

 como si fuese así su propia raíz deshaciéndose.

 

 No se silencie el ave que en el vuelo incierto se queda sin rumbo,

como volando en torno de su propio cuerpo

lo que le falta para salir de su templo.

Le queda el alma de pájaro, otro pájaro de esa alma

en ese vuelo rasante en la espesura de su espacio

y de su asombro.

El alcalde Lanzarote declara huésped distinguido a Álvaro Alves de Faria (foto de J. Alencar)

21

El mar me llama:

 Lo sé porque aún oigo su sollozo,

 sus palabras de aguas vetustas;

 el mundo recorriéndose desde muy atrás

 no me trae más que ausencia,

 esa herida que siempre se abre,

 la tez del grito que se deja a la boca,

 el diente que salta desde su esmalte,

 los caballitos de mar entre las estrellas,

 nuevas lunas sumergidas en los charcos,

 esa poesía que hiere hondo

 y en ese herir enseña una sonrisa feroz

 que va revelando su mundo.

Alvaro Alves de Faría leyendo en el Centro de Estudios Brasileños de la Universidad de Salamanca (foto de J. Alencar)

23

Soy marinero de mí, pero no me basto.

 

Debo morir dentro del mar.

 Sentiré un dolor en el pecho y será estando sólo.

 Nadie se dará cuenta.

 Allí quedaré echado, como si estuviese durmiendo.

 

Será próximo al crepúsculo,

 entrando al océano como una silueta que se hunde.

 

 A la mañana siguiente me echarán en falta,

 sin ademanes, tres o cuatro amigos.

 

 Finalmente me encontrarán como dormido.

 Después me llevarán por ahí

 y veré el mar cada vez más distante,

 donde quedará depositado mi destino.

 

 Poeta, debo pedir perdón por mis crímenes,

 especialmente por aquellos cometidos de noche,

 cuando paseaba por mis bosques antiguos,

 con mis lobos,

 cogiendo sombras junto a los árboles

 y pájaros enfermos para cuidar tantas heridas.

Juan Carlos Martín, Álvaro Alves de Faria y Leocádia Regalo (foto de J. Alencar)

33

Del tiempo que me concluye

siempre me faltará el océano,

aquella espesa oscuridad que no termina,

 abrigo postrero, tal vez,

 de los que huyen hacia la nada,

 así como el cayado para subir por las montañas

 donde los duende dormirán en los poemas.

 

 Y es que frente al mar

 todo desparece como por encanto,

 como dicen las mujeres tristes.

 

Y es que frente al mar arrojo mi piel

y, desde dentro de mí, me dejo nacer

como nacen las cigüeñas

 en las torres de las iglesias.

 

Entonces, cuando se callan las noches

 en el corte ausente de una cuchilla,

 el agua se escurre entre los silencios:

 Justo ahí es cuando el mar está vivo.

 

 Y es que en el mar de Portugal está el alma

 de todas las cosas posibles,

 el alma imposible de decirse, de agarrarse

 en ese exacto instante en que se muere,

 en aquel eslabón

 donde se unen los gestos

 cuando al verse de lejos, se cogen a ese abrazo desesperado

 para que todo se torne distante.

Álvaro Alves de Faria, A. P. Alencart y Ana María Machado en Salamanca (2010, foto de Jacqueline Alencar)

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